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Cuando el juego es sólo su sombra-Ludopatia y duelos
Escritos

Trabajo presentado en Dialogos en torno a la ludopatía . Instituto de la mascara. BsAs

Por: Lic. Mariela Coletti


Buenos Aires, 6 de agosto 2006

Encontramos en algunos casos de jugadores patológicos dificultades en torno a la elaboración de los duelos y de la cicatrización de las heridas psíquicas.

Las pérdidas y lo que ya no es, no logran elaborarse. 

Se vuelve compulsiva la repetición de la pérdida en acto, de tiempo, de dinero y de lazos afectivos, pero no logra inscribirse en el psiquismo.
La sombra se refiere a aquello que ya no es más, pero que no puede darse por perdido, entonces se vuelve pura presencia, una ausencia llena, algo que no puede dejarse ir.

En este sentido, el problema del jugador patológico es similar al duelo patológico tal como lo trabaja Freud. Es un proceso que se vuelve enfermizo, el jugador no puede aceptar que algo que tuvo o que amó, ya no está más.
Dice Freud en “Duelo y melancolía”: “El hombre no abandona de buen grado una posición libidinal, aun cuando su sustituto ya asoma. Esa renuencia puede alcanzar tal intensidad que produzca un extrañamiento de la realidad y una retención del objeto por la vía de una psicosis alucinatoria del deseo”

En el caso del ludópata esa resistencia se sirve del pensamiento mágico: logra creer que aquello perdido puede volver a aparecer como por arte de magia. Es un modo de renegar de una realidad insoportable, frente a un dolor, a una angustia y al vacío subjetivo. Esa magia puede, por un tiempo, hacerle creer que aquello no ocurrió o que todo se va a arreglar en un abrir y cerrar de ojos.

No se trata de un delirio psicótico, pero en su estructura hay algo extraño, que escapa al pensamiento racional para el mismo jugador y para su entorno, es algo in-creíble, algo del orden de la fabulación, algo inverosímil.

Muchas veces es difícil detectar que fue exactamente LO QUE cada jugador ha perdido. Sí podemos detectar la reacción que cada sujeto ha sufrido en esa experiencia, en esa compulsión desamarrada, la renovación de la pérdida económica, las deudas y culpas crecientes. Su respuesta es, en el caso del ludópata, mágica y renegatoria: cree que todo es producto de su mala suerte.

La inhibición en la vida diaria, la pérdida del interés, el desgano, la ausencia de iniciativa, se suman al empobrecimiento de sí mismo, la falta de valoración, su lugar de perdedor. La práctica del juego lo confirman allí, en la sala de juego apuesta, pero en su vida cotidiana no, no se arriesga a vivir, a probar lo que desearía, a encarar una relación amorosa, un nuevo trabajo, etc.

El juego además lo empujan a las culpas y los reproches, y paradójicamente es mientras juega que dichos reproches cesan: allí no siente ni piensa.

Durante el tiempo de jugar la crítica se detiene, mágicamente no piensa, se logra anestesia

El jugador se defiende de las críticas de su familia, pero a la vez las alimenta. 

El sujeto se va reduciendo a un objeto de su propia actividad destructiva y descalificatoria.

Una parte de su conciencia moral ganó terreno y la crítica despiadada se volvió independiente de la conciencia y lo conduce a seguir cometiendo excesos para procurarse el castigo correspondiente.

El mismo jugador es tratado como objeto de una tortura, y en los casos extremos piensa que su única salida es desaparecer o morir.

El dolor del jugador, dolor al que tenemos que arribar mediante el trabajo terapéutico, es parecido al de una herida abierta, que atrae todo tipo de esfuerzos por calmarla, incluso la negación del dolor. La manía, en este caso es una respuesta posible, la sensación de triunfo cuando gana, la euforia, apostar el todo por el todo, lo absoluto.

El trabajo terapéutico propuesto debe entonces tomar otro camino.

El juego, en un sentido lúdico, permite una transformación de las sombras de lo siniestro del ser humano, de sus angustias y también de su capacidad de destrucción.

El juego lúdico es invención, creación y aceptación de las pérdidas, es la elaboración de lo peor de la vida.

El ludópata no puede jugar en este sentido y queda expuesto a la sombra de lo que él mismo pudo ser. Él no se reconoce, no se encuentra a sí mismo, no logra decir quién es. Él ha quedado envuelto en un grito sordo, una angustia que no logra canalizar, y ha perdido la capacidad de conectarse con los otros y de amar.

La apuesta del tratamiento es acercarse a esa capacidad perdida o dañada, esa capacidad que desapareció, en parte por esa insistencia de la pulsión de muerte que lo lleva a apostarlo todo.

Perdiendo algo de ese goce del juego y la apuesta, encuentra un rumbo, encuentra algo de sí mismo que no sea sólo lo horroroso de una conducta.
Una pérdida tiene que tener lugar en el proceso de la cura, no es sólo la abstinencia del juego, sino la aceptación de aquello que se perdió para siempre y sólo si se lo sepulta es posible ganar vida y ganar deseo.
 

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